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Hermanos, creciendo en edad, gracia y sabiduría (Hno. Ben Consigli, Consejero)

Congregación
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En una conferencia de Superiores Mayores de los Estados Unidos, de la rama masculina, el Padre Myles Sheehan —un médico que había sido Provincial jesuita— compartió sus ideas sobre los religiosos que envejecen con vitalidad y determinación, y dio algunas lecciones sobre el arte de vivir bien a medida que envejecemos.

 

Seamos claros: ¡incluso los miembros más jóvenes de la Congregación están envejeciendo! Al reflexionar sobre su presentación, pensé que todos los hermanos, independientemente de su edad, estarían de acuerdo con muchas de las cosas que dijo.  Desearía ahora compartir con ustedes algunas de sus «lecciones» más destacadas.

 

Llevar una vida de oración activa

 

La oración nos lleva a tratar de ver cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida y a buscar la mejor manera de cumplir con esa voluntad. Rezamos por los demás, rezamos para adorar a Dios, para alabarlo, para escucharle y agradecerle los numerosos dones que hemos recibido en nuestra vida. Con el tiempo, nuestra espiritualidad cambia; aquello por lo que rezábamos o nos era útil cuando éramos más jóvenes puede ser que ahora ya no nos llene. A medida que envejecemos, podemos seguir aprendiendo a rezar, a fortalecer la conciencia de la presencia de Dios en nuestra vida, y esto puede redundar en una mejor comprensión de nosotros mismos y de nuestro Dios.

 

Un retiro anual, un director espiritual y la lectura pueden ayudarnos en ello. Cuando dedicamos tiempo a la oración, nos es más fácil ser pacientes en nuestras comunidades, evitar juzgar a los demás y ser más generosos, que son precisamente algunas de cualidades en las que san Marcelino nos pidió que nos esmeráramos. Nunca es demasiado tarde para tomar conciencia de los dones que Dios nos concede o para responder a ellos. Dedicar un tiempo a la oración personal —ya sean quince minutos o una hora al día— nos ayuda a conseguirlo. ¿Dedico tiempo a Dios en mi vida?.

 

Reconocer que todo lo que tenemos es «don» de Dios

 

Cuando era Provincial animé a los hermanos a reconocer que todo lo que tenemos, todo lo que se nos da en nuestra vida cotidiana (hogar, atención médica, coches, la posibilidad de viajar, el dinero, la independencia, etc.), es realmente un “regalo” y que en realidad no es que tengamos “derecho” a nada. Desafortunadamente, ¡a veces actuamos como si todo fuera un derecho! A medida que vayamos envejeciendo tendremos que desprendernos de algunas de las cosas que dábamos por supuestas. Eso puede ser muy doloroso.

 

La espiritualidad al envejecer nos pide que sigamos viendo nuestra vida como un don y nos desafía sobre el hecho de ver como un derecho lo que Dios, o nuestros hermanos, nos han dado (¡o lo que tal vez queremos que nos den!). Nos llama a ser generosos con «nuestro tiempo, nuestros tesoros y talentos». Podríamos preguntarnos si a medida que envejecemos crece nuestra generosidad o si creemos que tenemos derecho a las muchas cosas que queremos o necesitamos. Creo que cada uno de nosotros puede recordar como una bendición a algunos de los hermanos mayores que fueron hombres generosos durante toda su vida. Propongo algunas preguntas para reflexionar: ¿Acepto el hecho de que mis necesidades humanas legítimas queden en segundo plano respecto a las finalidades y necesidades generales de la comunidad y de su misión?  ¿Resulta evidente este hecho en la forma en que vivo, rezo y comparto mi vida? 

 

Mantener el sentido del humor

 

En su Circular, Hogares de Luz, el H. Ernesto Sánchez nos recuerda que «el espíritu de familia es uno de los puntos fuertes presente en el Instituto. […] Más allá de las lenguas y culturas, es de gran riqueza sentir la acogida en ambiente de familia: atenciones y servicios recibidos, ambiente de confianza, tiempos compartidos gratuitamente, sentido del humor, … Un espíritu de familia que ayuda a construir hogares de luz donde cuidamos la vida de cada uno de los que los habitan».

 

En Compañeros maravillosos, el H. Seán Sammon habla del humor como de un ingrediente fundamental para una vida comunitaria y personal sólida. «Al vivir en el seno de una comunidad marista, el sentido del humor sirve de mucho. Algunos nos tomamos a nosotros mismos demasiado en serio. Hay que saber reírse un poco de uno mismo. Sin eso, ¿cómo vamos a caminar por los ásperos senderos de la vida?» El humor nos ayuda a reinterpretar el significado de algunos acontecimientos que han tenido lugar en nuestras vidas y atenúa el efecto de las frustraciones y los reveses, inevitables en la existencia cotidiana de todos. El H. Seán sigue diciendo que «se supone que nuestro modo de vida hace a la gente feliz. No me refiero a manifestaciones de hilaridad sino a ese profundo sentimiento de gozo experimentado por las personas en cuyas vidas hay sentido y objetivo».

Marcelino consideraba la alegría y el optimismo una señal de la vocación religiosa. «Una persona feliz y contenta —afirmó— demuestra simplemente con su buen humor que ama su estado de vida y que este la hace feliz»No se me ocurre una forma mejor de promover la vocación a la vida religiosa.

 

 

Servir de un modo que me haga feliz y sostenga la misión y la comunidad

 

Como religiosos apostólicos, estamos llamados a una vida de servicio, que no termina cuando dejamos el apostolado activo. Como cristianos, se nos invita a entrar en el Misterio pascual y a vivir la muerte y resurrección de Jesús en nuestra vida cotidiana, en cualquier posición o circunstancia en la que nos encontremos. Con el tiempo, nuestras energías y nuestras capacidades físicas pueden disminuir, pero debemos seguir estando presentes entre los jóvenes de diferentes maneras, que tengan en cuenta nuestra situación actual. El H. Ernesto nos recuerda que «tal vez nuestro mejor servicio sea ayudar [a niños y jóvenes] a buscar y encontrar “sentido”» a sus vidas.

 

El “estar presentes” en nuestras comunidades maristas es también otra forma de servirnos unos a otros. El H. Ernesto afirma que «la mayoría de nuestras comunidades son privilegiadas al contar con hermanos de cierta edad, hombres llenos de experiencia y de entrega fiel. ¿Cómo podríamos tener mejor cuidado de ellos y aprovechar más la riqueza de su sabiduría y experiencia? Tener cuidado, respeto y acogida de su persona […] Ofrecerles una presencia de calidad y saber pasar tiempos gratuitos con ellos».

 

Este “apostolado de presencia” es un enorme don, que nos podemos ofrecer unos a otros, así como ofrecerlo a nuestros jóvenes.

 

Tratar de vivir el perdón y la reconciliación

 

El perdón supone una elección y una decisión. Aferrarse a la ira puede paralizarnos, devorarnos y controlar nuestras vidas. Como señala el H. Seán en Compañeros maravillosos, «el perdón es un proceso mediante el cual optamos por impedir que la herida que hemos sufrido se interponga en el camino de nuestra relación que debe continuar, y decidimos responder a quienquiera que nos haya hecho daño en lugar de permanecer encerrados en nuestro sufrimiento».

 

Nuestra Regla de Vida nos recuerda: «De tu experiencia del perdón incondicional de Dios, aprende a perdonar “hasta setenta veces siete” (Mt 18,22). Aprende también a pedir perdón a tus hermanos cuantas veces sea necesario. Nos ayudamos dando y recibiendo el aviso fraterno, y evitamos criticarnos y hablar mal de otro a sus espaldas. Para que tu aviso fraterno sea eficaz, necesitas darlo en un momento oportuno y con un lenguaje adecuado».

 

Hay pocas situaciones de dolor en la vida en las que sólo una parte tiene la culpa. Además, tenemos que admitir que nosotros también hacemos daño. Debemos tomarnos un tiempo para reflexionar sobre las heridas pasadas en nuestra vida y reflexionar sobre las heridas que hemos causado a otros. ¿Hay hechos pasados de tu vida que requieran ser sanados o alguna relación que debas recuperar? ¿Hay medidas que puedas tomar para poner en marcha el proceso de perdón y reconciliación?.

 

Hacer chequeos médicos regularmente

 

Todos deberíamos ir al médico por lo menos una vez al año para hacernos un chequeo, a no ser que tengamos enfermedades que requieran visitas más frecuentes. Esto ayudará a nuestro médico a vigilar nuestra salud. Hay un millón de razones para ir al médico con regularidad, una de ellas ―de la que no se habla a menudo― es el efecto que puede tener nuestra salud sobre la comunidad.  Tenemos que darnos cuenta de que nuestra salud (o carecer de ella) tiene un impacto en nuestras comunidades. Todos tenemos que preocuparnos de la propia salud. Decidir cómo queremos vivir estos años en relación con la comunidad y hacernos cargo de nuestra salud y bienestar conllevará cambios positivos para nosotros y para aquellos con quienes  vivimos. Cada uno de nosotros puede seguir reglas muy sencillas: mantener nuestra mente activa, nuestro cuerpo en forma y una buena relación con Dios y con los demás.

 

Hacerse mayor… ¡es un arte!

 

Sabemos que la aparición del envejecimiento puede ser tan gradual que a menudo un día nos sorprende descubrir que nos hemos hecho mayores. La pérdida de los sentidos, los cambios en el aspecto, la pérdida de reflejos y resistencia física son hechos innegables y casi nunca bienvenidos y, sin embargo, envejecer puede conllevar bendiciones sorprendentes. La edad concentra no sólo la mente, sino las energías del cuerpo, y esto puede llevar a nuevas fuentes de creatividad, percepción e intensidad espiritual. Envejecer puede enseñarnos a todos valiosas lecciones. Envejecer no es una enfermedad, sino un arte, y aquellos que lo practiquen bien, recibirán recompensas extraordinarias.

 


Autor : Hermano Ben Consigli, Consejero General – Noviembre de 2020

 

Fuente : www.champagnat.org

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