Skip to content

Green color

Contáctanos

  

¿Quién está en línea?

Tenemos 12 invitados conectado

Estadísticas

Clics de vista de contenido : 596235
San Marcelino Champagnat : Un gigante del Amor PDF Imprimir Correo electrónico
Jueves, 29 de Mayo de 2008 05:02

Historia de Marcelino - Génesis de la escultura en el Vaticano

ImageEl encanto que produce la persona de Marcelino no nace de una primera impresión sino de una presencia continuada y sencilla. Como María de Nazaret, se mueve en la discreción.

 

MARCELINO CHAMPAGNAT - UN GIGANTE DEL AMOR - BIOGRAFÍA

 

Por el Hermano Lluís Serra Llansana

 

ImageEl Hermano Lluís Serra Llansana era el anterior encargado de Publicaciones del Instituto con sede en Roma. Actualmente pertenece a la Provincia El Hermitage y reside en Barcelona, España. Esta Biografía del Padre Fundador la publicó en el año 2001.

 

Marcelino Champagnat, padre marista francés, es el fundador del Instituto de los Hermanos Maristas de las Escuelas o Hermanitos de María. El encanto que produce su persona no nace de una primera impresión sino de una presencia continuada y sencilla. Como María de Nazaret, se mueve en la discreción. Su riqueza interior es de profundo calado y son contagiosos su dinamismo personal, su alegría, su espiritualidad mariana y su confianza en Dios. Los niños y jóvenes son sus amigos y le tienen un cariño especial. Los hermanos, a los que tanto ama, son los herederos de su espíritu. Su itinerario de fe le conduce hasta la primacía del amor, que en esto consiste la santidad.


Las raíces de una historia

 

ImageRosey es una aldea del ayuntamiento de Marlhes, Francia. El lugar de montaña, muy atractivo, da escaso margen al desarrollo humano; las condiciones son poco fáciles para la cultura y la relación; la vida, ruda. El calendario señala el año de la Revolución Francesa: 1789. El 20 de mayo, María Teresa Chirat, casada con Juan Bautista Champagnat, da a luz a su noveno hijo. Al día siguiente, jueves de la Ascensión, el bebé es llevado a la pila bautismal y pasa a llamarse Marcelino José Benito.

Se vislumbra la aurora de una nueva época. El Antiguo Régimen se deshace en jirones. Juan Bautista, su padre, hombre abierto, acogedor, comprensivo y con espíritu de iniciativa, toma el pulso de la historia participando en primera fila. Posee elevado nivel de instrucción para su tiempo. Su escritura impecable, su facilidad de hablar en público, así como su capacidad de dirección, son prueba fehaciente. Ejerce diversas funciones y cargos como juez de paz y obtiene el primer lugar en la votación como delegado. Debe prodigarse en actuaciones públicas. Pese a servir a los ideales revolucionarios, encuadrado dentro de los jacobinos, partido de extrema izquierda, da prioridad a las realidades concretas de su pueblo, salvaguardando los intereses de sus habitantes.

Mientras se suceden estos avatares políticos, Marcelino convive estrechamente con su madre, que se dedica al comercio de telas y encajes, debiendo completar el negocio con la agricultura y los trabajos del molino. María Teresa es un instrumento de moderación y equilibrio en la vida de su esposo. Su temple recio, ser mayor que su marido y su competencia en la economía familiar y en la educación, le facilitan la tarea. Educa con esmero a sus hijos, acentuando los valores de la piedad, del trato social y del espíritu sobrio. Su tía, Luisa Champagnat es religiosa de San José, expulsada del convento por la Revolución. La impronta que deja en el joven a través de las plegarias, las lecciones y los buenos ejemplos, es tan profunda que, con cierta frecuencia, la recuerda con agrado y gratitud. A la edad de seis años, le pregunta: "Tía, ¿qué es la revolución? ¿Es una persona o una fiera?" En su ambiente resulta casi imposible sustraerse al palpitar de la historia.

La educación de Marcelino se lleva a cabo en la encrucijada de las nuevas ideas, aportadas por su padre, y de la espiritualidad profunda y tradicional, transmitida por su madre y su tía. En el seno de su familia, los problemas del siglo son vividos con toda su agudeza, recibiendo una solución moderada, pero positiva y siempre favorable a las personas antes que a las ideologías. Respira el sentido de la fraternidad viviendo codo a codo con sus hermanas y hermanos.

 

Una herida luminosa

 

ImageDios se sirve a menudo de las páginas oscuras de nuestra historia, de nuestras heridas de la vida, para hacer surgir una fuente de luz. Marcelino vive una situación escolar muy deficiente. Dos experiencias negativas le producen un fuerte impacto.

Su tía le enseña los rudimentos de la lectura con resultados decepcionantes. Sus padres deciden enviarlo al maestro de Marlhes, Bartolomé Moine. El primer día que se presenta en clase, como es excesivamente tímido, el maestro lo llama junto a él para hacerle leer. Mientras acude, se le anticipa otro escolar. El maestro propina una sonora bofetada al niño que se le quiere adelantar, y lo despacha al fondo del aula. Este acto de brutalidad produce un trauma al recién llegado, aumentando su miedo. Se rebela interiormente: "No volveré a la escuela de un maestro semejante; al maltratar sin razón a ese niño, me demuestra lo que me espera a mí; por menos de nada, podrá tratarme igual; no quiero pues, recibir de él lecciones y menos aún castigos". Pese a la insistencia de su familia, no vuelve a la escuela. El primer día de clase es el último.

Tras este fracaso escolar, aprende la vida en la escuela de su padre. Lo sigue por doquier y realiza todos los trabajos necesarios para el mantenimiento de una granja. Se entrega con entusiasmo a todas estas ocupaciones, movido por su temperamento dinámico, su amor al trabajo manual, su espíritu de iniciativa, su sentido práctico y su fortaleza física. Marcelino posee, además, un buen carácter. Las madres, que valoran más la sabiduría que la instrucción, le proponen como modelo para sus hijos. Al mismo tiempo, crece en piedad y virtud en la escuela de su madre y de su tía y recibe a los once años la primera comunión y el sacramento de la confirmación.

Otro hecho, ocurrido en una sesión de catequesis, le impresiona profundamente. Un sacerdote, cansado por la disipación de un muchacho, lo reprende y le da un apodo. El niño se queda quieto, pero sus compañeros no echan el mote en saco roto. A la salida, se lo repiten. Su enfado agudiza la agresividad de sus compañeros. Se vuelve hosco, huraño, duro. Años más tarde, Marcelino dirá: "Ahí tenéis el fracaso de la educación: un niño expuesto, por su mal carácter, a convertirse en suplicio y tal vez en azote de la familia y del vecindario. Y todo, por un movimiento de impaciencia que hubiera sido fácil de reprimir".

La fundación del Instituto de los Hermanos Maristas será su respuesta de fe a sus carencias educativas y a la situación escolar de Francia, que adquiere caracteres dramáticos. En el año 1792 se suprimen todas las congregaciones religiosas. La instrucción pública es nula. La juventud tiene delante de sus pasos el camino de la ignorancia y del desconcierto. Pocos años después el siglo XIX abrirá sus puertas. Será el siglo de la escuela, a la que Marcelino contribuirá de manera notable.

 

Su vocación: "Acertaré puesto que Dios lo quiere"

 

ImageLa carencia de sacerdotes es evidente. Urge fomentar vocaciones y fundar seminarios. Un eclesiástico quiere reclutar alumnos para el seminario. El párroco lo orienta a la familia Champagnat. Juan Bautista no sale de su asombro al conocer los motivos de la visita: "Mis hijos no han manifestado jamás deseo de ir al seminario". Contrariamente a sus hermanos, que rehusan la invitación, Marcelino se muestra dudoso. El sacerdote lo examina de cerca y le encantan su ingenuidad, modestia, y carácter abierto y franco: "Hijo, tienes que estudiar y hacerte sacerdote. ¡Dios lo quiere!". Marcelino decide ir al seminario. Su opción nunca será revocada.

Su vida toma otro rumbo. Sus proyectos, vinculados al comercio y a los negocios, se van abajo. La determinación de ir al seminario exige otros requisitos: aprender latín además de leer y escribir francés. Su lengua materna y habitual es una variante del occitano: el franco-provenzal. Sus padres, atisbando las dificultades, pretenden disuadirlo. Todo es inútil. El objetivo está claro: ser sacerdote.

Juan Bautista, su padre, muere repentinamente. Marcelino tiene 15 años. Se dedica de nuevo a los estudios. Recuperar a esa edad el tiempo perdido constituye una empresa de titanes. Acude a la escuela de Benito Arnaud, su cuñado. Pese al esfuerzo de ambos, los progresos resultan escasos. Pretende hacerle desistir. En la misma línea va el informe que da a la madre de Marcelino. A pesar de las dificultades, él se afianza en su vocación. Reza frecuentemente a san Francisco Regis y peregrina con su madre al santuario mariano de La Louvesc. La decisión es irrevocable: "Quiero ir al seminario. Saldré airoso en mi empeño, puesto que Dios me llama".

 

El camino del sacerdocio

 

ImageMarcelino ingresa en el seminario menor de Verrières. Al inicio, forma parte de la "pandilla alegre" y no se comporta muy bien. El rector le invita a quedarse en casa y no volver al seminario. Marcelino pasa por malos momentos. Supera esta etapa con la ayuda cercana de su madre, que morirá cuando Marcelino cumpla 20 años, y orienta sus energías en función de su proyecto de vida. Lucha ardorosamente por conseguir la ciencia y la piedad. Su conducta, evaluada como "regular" en sexto curso, evoluciona hasta obtener la calificación de "muy buena". Se le nombra vigilante de dormitorio. Este cargo intensifica su sentido de la responsabilidad y le permite sustraer horas al sueño para dedicarlas al estudio.

Realiza progresos visibles en su piedad y en su acción apostólica entre los compañeros, dos de los cuales saltarán a las páginas de la historia: Juan Claudio Colin, fundador y superior general de la Sociedad de María, y Juan María Vianney, el santo cura de Ars. Anima a los desalentados. Sus resoluciones de retiro que acaban con una oración representan su más antiguo documento autógrafo. Además de esforzarse por una vida espiritual más intensa y profunda, promete al Señor "instruir a los que ignoren tus divinos preceptos y enseñar el catecismo a todos sin distinción de ricos o pobres". En sus vacaciones, así lo hace reuniendo a los niños de su aldea.

Marcelino entra en el seminario mayor de Lyon a los 24 años, dirigido por los sulpicianos. El escudo de armas del seminario es el monograma mariano que, años más tarde, será adoptado por la Sociedad de María en general y por los Hermanitos de María en particular. Los tres años de teología, previos a la ordenación sacerdotal, constituyen un tiempo privilegiado para el fervor, la madurez, la amistad, la ilusión apostólica y los proyectos de fundación.

Los años antes de su ordenación sacerdotal le sirven para llevar a cabo tres tareas: su maduración humana y espiritual; la adquisición de un nivel satisfactorio en sus estudios, partiendo de una base académica casi inexistente, hecho que agudiza sus dificultades y que pone a prueba su tesón; y la amistad con un grupo de compañeros, impulsados por su amor a la Virgen e ilusionados con el deseo compartido de fundar una congregación religiosa.

Ingresa un nuevo seminarista: Juan Claudio Courveille, que afirma haber sido curado milagrosamente en 1809 y haber recibido en el Puy una voz interior que le impele a fundar la Sociedad de María. A su alrededor, se constituye un equipo de seminaristas para esta finalidad. Marcelino, reclutado por el mismo Courveille, se encuentra entre ellos. Una cierta clandestinidad y el abrigo de un proyecto esperanzador llenan de entusiasmo sus reuniones. El proyecto abarca: padres (y hermanos legos), hermanas y tercera orden. Marcelino, empero, tiene sus preocupaciones particulares. Quiere fundar una congregación de enseñanza. La necesidad imperiosa de la educación en aquel momento histórico y el recuerdo de lo que había costado instruirse subyacen en su decisión: "Necesitamos hermanos". Su propuesta no encuentra eco al no estar previsto en el proyecto inicial. Por ello insiste: "Necesitamos hermanos". Finalmente, dejan que lo lleve a cabo: "Encárguese usted de los hermanos ya que es suya la idea". Claudio María Bochard, uno de los vicarios generales, también alimenta deseos de fundar su congregación y verá en el proyecto de Marcelino una amenaza para el suyo.

El día 22 de julio de 1816, Marcelino es ordenado de sacerdote junto con muchos de sus compañeros de seminario y de proyecto fundacional. Doce de los cuales, Marcelino entre ellos, suben en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Fourvière para colocarse bajo la protección de María. Después de la misa, Juan Claudio Courveille lee un texto de consagración que puede considerarse como el primer acto oficial, si bien de carácter privado, de la Sociedad de María. Puede decirse que se trata de su fecha de fundación. Las tareas pastorales los dispersarán por la inmensa diócesis de Lyon.

 

Con los ojos abiertos

 

ImageMarcelino anticipa la metodología de ver, juzgar y actuar. Años más tarde, en una carta dirigida a la reina María Amelia, recuerda su época de coadjutor en La Valla: "Elevado al sacerdocio en 1816, fui enviado a un municipio de la región de Saint-Chamond (Loira). Lo que vi con mis propios ojos en esta situación, en lo que concierne a la educación de los niños y adolescentes, me recordó las dificultades que tuve en mi infancia por falta de educadores. Me apresuré, por tanto, a llevar a cabo el proyecto que tenía de formar una asociación de hermanos educadores para los municipios pobres, rurales, donde, en la mayoría de los casos, la penuria no permite tener hermanos de las Escuelas Cristianas. He dado a los miembros de esta nueva asociación el nombre de María, persuadido de que este nombre solo nos atraerá gran número de sujetos. Un éxito rápido, pese a carecer de recursos temporales, justificando mis conjeturas, ha superado mis esperanzas. (...) El gobierno, al autorizarnos, facilita de manera singular nuestro desarrollo. La religión y la sociedad obtendrán un gran provecho".

Cuando llega a La Valla, al divisar el campanario de la iglesia, se postra de hinojos y confía al Señor y a María, que llama la buena Madre, su tarea apostólica. La Valla está enclavado en un bello paisaje de una zona montañosa del Pilat. La parroquia lamentablemente está abandonada. Para abordar su renovación, se traza una regla de vida personal. Concede importancia a la vida de oración, al estudio diario de la teología y a la preocupación pastoral: "Procuraré, especialmente, practicar la mansedumbre y, para llevar más fácilmente las almas a Dios, trataré con suma bondad a todo el mundo".

El cambio sólo es posible a partir del estudio de la realidad parroquial. No tarda en hacerlo. El abandono en que se encuentran los niños acentúa su cuidado por ellos a través de la catequesis, la educación y la instrucción. Su trato afectuoso prefiere la recompensa y el estímulo antes que el castigo, que, prácticamente, no utiliza. Muestra sus atenciones a los adultos mediante las homilías y el sacramento de la confesión. No obstante, sus privilegiados son los enfermos y los pobres. Un joven, Juan Maria Granjon, traba amistad con Marcelino y le acompaña en alguna de sus visitas a los enfermos. Será el primer hermanito de María. El uso de este diminutivo en Marcelino tiene una profunda connotación espiritual de sencillez y humildad.


Un hecho ocurrido el día 28 de octubre de 1816 sirve de espoleta para sus afanes fundacionales. Asiste a un joven de 17 años llamado Juan Bautista Montagne, enfermo de muerte, en la zona de Palais. Le impresiona intensamente su carencia del sentido de la vida. Se da cuenta de su ignorancia de los misterios de la fe. Horas después, el muchacho muere. No puede cruzarse de brazos. Aquel mismo día comunica a Juan María Granjon sus proyectos y el papel que puede desempeñar en él. Es urgente llevarlo a cabo. La propuesta de Marcelino sobre la necesidad de hermanos adquiere caracteres dramáticos. Cinco días después se le acerca un joven, Juan Bautista Audras, para exponerle sus inquietudes vocacionales. Marcelino le propone vivir con Juan María Granjon.

 

Fundador de los Hermanos Maristas

 

ImageHa visto lo suficiente. En su interior resuenan las palabras de María: "Haced lo que Él os diga" y pasa decididamente a la acción. Tiene 27 años y no han pasado ni siquiera seis meses de su ordenación sacerdotal. El día 2 de enero de 1817, Juan María Granjon, de 23 años, y Juan Bautista Audras, de 14 y medio, ocupan la casita que Marcelino ha alquilado en La Valla. Combinan plegaria, trabajo y estudio. Su ocupación manual consiste en la fabricación de clavos para sufragar su mantenimiento. Marcelino les da lecciones de lectura y escritura y vela por su formación de religiosos educadores. Nuevos jóvenes se suman al proyecto, entre ellos Gabriel Rivat (H. Francisco), que será el primer superior general.

Después de preparar adecuadamente a los hermanos, funda una escuela en Marlhes. El hermano Luis es su primer director. Pese a su juventud e inexperiencia, el resultado obtenido al poco tiempo se hace patente a los ojos de todos. Detrás de unas técnicas elementales, se alimenta todo un estilo educativo, proporcionado por Marcelino: compartir la vida de los jóvenes, amarlos y conducirlos a Jesús bajo la protección maternal de María. Las fundaciones se suceden de forma paulatina y constante. Las vocaciones no se corresponden a las numerosas peticiones de apertura de nuevas escuelas.


Toda persona que progresa humana y espiritualmente suele pasar por una "noche oscura", que le sirve de purificación en sus motivaciones y de arraigo en la esencia de la fe y de la vida. Aparece una campaña orquestada contra Marcelino y su obra. Algunos sectores no ven con buenos ojos los proyectos del fundador, su dedicación en llevarlos adelante y su frecuente ocupación en trabajos manuales. Recibe los reproches de Bochard, que intenta plegarlo a su propio proyecto. Marcelino se entrevista con el primer vicario general de la archidiócesis. Le da cuenta de su comunidad y le pide su parecer sobre la obra, manifestando que está dispuesto a dejarlo todo, si él cree que esa es la voluntad de Dios. Se pone a su disposición para un cambio de destino si es el caso. Esta actitud deshace las reservas de sus superiores.

La oscuridad de la noche tiene también sus rayos de luz. Su confianza en la "Buena Madre" le permite encontrar un refugio seguro en medio de una tempestad de nieve tras volver de visitar un hermano enfermo. Ante la escasez de vocaciones, su confiada oración a la Virgen encuentra una respuesta inesperada con la llegada de ocho aspirantes. Un cambio en la curia diocesana, con la sustitución de Bochard, da aliento a su fundación y recibe autorización para adquirir una nueva casa. Ayudado económicamente por Courveille, compra a bajo precio, dado que es un gran roquedal, una propiedad a orillas del Gier.

 

Una casa edificada sobre la roca

 

ImageLa construcción se lleva a cabo en condiciones muy duras, suavizadas por la piedad y por las relaciones fraternas, lo que permite que se realice en menos de medio año. Las gentes del lugar no salen de su asombro, ya que las dificultades del roquedal son enormes. Ven al joven sacerdote arremangarse la sotana y cargar con las piedras más pesadas. Les gusta oír, cuando pasan por el camino, los cantos de la comunidad. Se trata de una casa edificada sobre roca: Nuestra Señora del Hermitage.

El año 1825 constituye una de sus épocas más angustiosas, porque se entrecruzan problemas legales y financieros con su enfermedad y las intrigas de Courveille, que pasa a vivir con él en el Hermitage. Pese a todo, Marcelino confía en María, su Recurso Ordinario.

La autorización legal del Instituto es un problema que no resolverá en vida. Busca, sin encontrarla, una solución definitiva y convincente. Esto le cuesta quebraderos de cabeza, trámites burocráticos, visitas y viajes... No obstante, se preocupa mucho más de su obra que de su legalización.

Courveille se considera superior de los hermanos y busca su reconocimiento. Sus maniobras y su política solapada encuentran resistencia. Consigue someter a votación la elección de superior, pero los hermanos escogen a Marcelino, que vive con profundo espíritu de fe y humildad las intrigas de su compañero de sacerdocio. Marcelino llega, incluso, a realizar una segunda votación, tras sugerir a los hermanos que las personas que lo rodean están más cualificadas que él, alcanzando otra vez casi la unanimidad.

Es previsible que estos acontecimientos le hagan sufrir mucho, aunque no exterioriza nada. Courveille, respetado y considerado por Marcelino como superior del grupo de congregaciones maristas, no encaja el resultado y pasa a un ataque casi frontal a través de cartas, pláticas y argumentos persuasivos. Esta situación angustiosa y el quebranto de la salud, debido a sus numerosos viajes para visitar a las comunidades, colegios y moribundos en condiciones precarias y climáticas adversas, postran a Marcelino en el lecho de la enfermedad, de tal modo que, en pocos días, se pierde toda esperanza de salvarlo. El Instituto está en trance de desaparecer. Cunde el desaliento. La forma de gobierno, desplegada por Courveille, con fuerza y medidas drásticas, contrasta con el estilo de Marcelino, al que estaban acostumbrados: rectitud y bondad. Las aguas vuelven, lentamente, a su cauce. Siguen, en tono menor, los escarceos de Courveille, que abandona el Hermitage y se retira a la trapa de Aiguebelle.

 

Un estilo educativo basado en el amor y en la exigencia

 

ImageMarcelino quiere que los hermanos maristas sean de categoría única y que no haya distinciones de clases entre ellos. Constituye este proyecto de fraternidad un signo de anticipación y de progreso. La trayectoria personal de Marcelino Champagnat y su postura frente a los avatares más relevantes de la historia, permiten observar que su obra nace adaptada a los tiempos modernos. En sus fundaciones, pide permiso a la autoridad religiosa y al poder civil. Expresa así su voluntad de "educar buenos cristianos y buenos ciudadanos". Si bien muchos fundadores proceden de familias conservadoras, Marcelino vive, desde su infancia, el pulso de la Revolución y del cambio. Otros están contra el gobierno; él quiere colaborar. Un diputado del Parlamento explica esta actitud: "Nunca funda sin el beneplácito de la autoridad pública". Con este proceder elude los conflictos. Se mantiene siempre al margen de la política de partido y dentro de las orientaciones eclesiales.

Marcelino despierta en los hermanos actitudes educativas. Frente a la seriedad, sugerida como primera virtud de un educador en otras congregaciones de enseñanza, Marcelino propone la sencillez y la bondad, la autenticidad y la apertura. Insiste también en el espíritu de familia, en la benevolencia, en la devoción a María, expresada más en actos que en palabras, en el trato bondadoso a los alumnos, en el espíritu de trabajo y en el ideal de educación religiosa muy profunda que debe subrayar la relación con Dios en la confianza. Estas cualidades configuran un talante educativo peculiar.

No se trata de una revolución en los métodos pedagógicos, cuya importancia no se discute, sino de una forma de enfocar la vida, de plantear la educación, de orientar a las personas, de conducir a la madurez… Se trata de unas actitudes profundas, a cuyo conjunto llamamos estilo. Por esto no es de extrañar que las solicitudes de apertura sean siempre superiores a las posibilidades reales de llevarlas a cabo. La dedicación llega, incluso, a superar las deficiencias que puede haber en el nivel académico.

Dice con frecuencia: "No puedo ver a un niño sin que me asalte el deseo de enseñarle el catecismo y decirle cuánto lo ama Jesucristo". Experimenta la necesidad de educar la fe a través de la cultura: "Si tan sólo se tratase de enseñar la ciencia profana a los niños, no harían falta los hermanos; bastarían los maestros para esa labor. Si sólo pretendiéramos darles instrucción religiosa, nos limitaríamos a ser simples catequistas, reuniéndolos una hora diaria para hacerles recitar la doctrina. Pero nuestra meta es muy superior: queremos educarlos, es decir, darles a conocer sus deberes, enseñarles a cumplirlos, infundirles espíritu, sentimientos y hábitos religiosos, y hacerles adquirir las virtudes de un buen cristiano. No lo podemos conseguir sin ser pedagogos, sin vivir con los niños, sin que ellos están mucho tiempo con nosotros". Todo ello constituye un proyecto de educación integral desde una óptica cristiana.

 

El estilo educativo de Marcelino hunde sus raíces en su espiritualidad. El amor a Jesús y a María es la fuente que inspira su pedagogía. Su lema es: "Todo a Jesús por María; todo a María para Jesús". Se sustrae, por ejemplo, a las influencias de su tiempo en el tema de los castigos corporales, muy frecuentes por aquel entonces. Su aportación pedagógica y educativa se cifra en la visión religiosa de la vida y de las personas, en un profundo sentido común, en la capacidad práctica para afrontar las diversas situaciones que se plantean, en la pedagogía de la presencia como la mejor forma de prevención y en la preferencia por los más pobres y abandonados.

 

Un proyecto de vanguardia

 

ImageOtras instituciones religiosas exigían a sus miembros ir de tres en tres y cobraban unas cantidades determinadas. Marcelino, con tal de llegar a cubrir las necesidades más perentorias, permite ir de dos en dos; admite, incluso, la posibilidad de ir sólo un hermano, pero debe reunirse a convivir en comunidad con otros. Se pregunta "ante la imposibilidad en que se encuentran tantos Ayuntamientos rurales para subvenir a las necesidades de más de dos hermanos, ¿se debiera vacilar entre dejarlos sin medios de educación o bien procurársela por medio de dos hermanos, a pesar de que ofrezcan menos garantías que tres? ¿Sería ventajoso para la religión y para la sociedad detenerse ante tal consideración?". Su afán apostólico no tiene fronteras. No quiere que la falta de recursos económicos sea impedimento para que los niños reciban educación. Por ello se esfuerza en disminuir los costes a través del trabajo en la propia huerta, del cobro a algunos alumnos y del regreso de los hermanos al Hermitage cuando la escuela está vacía.

Marcelino Champagnat vive la mística en la acción. "Si el Señor no edifica la casa, en vano se cansan los albañiles", es su salmo preferido. En él los hechos, que brotan de una espiritualidad apostólica profunda, hablan más que las palabras. Sus escritos son escasos, centenares de cartas y poco más. Impelido por el Espíritu y la necesidad, prepara unos jóvenes para realizar un proyecto de educación cristiana dentro de una vida religiosa laical. Cuando la vida ha estallado en sus manos y nuevos miembros piden ingresar en su Instituto, observa que debe proporcionarles unas Constituciones. La acción se anticipa a la palabra. Las normas surgen de la experiencia. Los hermanos maristas heredarán su espiritualidad mariana y su estilo pedagógico, la sencillez de trato y su dinamismo apostólico a favor de los niños y jóvenes, especialmente los más desatendidos.

 

Marcelino: un corazón sin fronteras

 

ImageMarcelino envía hermanos a Oceanía, muriéndose de ganas de ir con ellos porque siente un profundo espíritu misionero. Pero debe viajar a París para obtener la legalización del Instituto. Su vida espiritual alcanza un grado relevante: "Me hallo tan unido a Dios en las calles de París como en los bosques del Hermitage". Frente a las dificultades de la autorización legal, reacciona así en una carta: "Tengo siempre una gran confianza en Jesús y en María. Obtendremos nuestro objetivo, no lo dudo, pero solamente desconozco el momento... No olvide decir a todos los hermanos, cuánto los amo, cuánto sufro por estar lejos de ellos...".

Llega el momento de plantearse el relevo. Su salud no permite albergar muchas esperanzas. Procede a la elección de su sucesor como Superior general. Los hermanos eligen en 1839 al hermano Francisco. La vida del Instituto sigue un ritmo trepidante con numerosas vocaciones que llaman a las puertas. Aún encuentra tiempo y energías para predicar un retiro a los alumnos. Su piedad y la bondad que se transparenta en su rostro, marcado por la debilidad y el dolor, conquistan el corazón de todos ellos, que exclaman: "Este sacerdote es un santo". Dios está con él. Deja arreglados todos los asuntos temporales, para lo cual acude a un notario, ya que las propiedades de la congregación figuran a nombre suyo. Dicta su testamento, que destila una espiritualidad altísima y una sensibilidad cercana. Dos frases: "¡Ojalá se pueda afirmar de los Hermanitos de María lo que se decía de los primeros cristianos: "Mirad cómo se aman"... Es el deseo más vivo de mi corazón en estos últimos instantes de mi vida. Sí, queridos Hermanos míos, escuchad las últimas palabras de vuestro Padre, que son las de nuestro amadísimo Salvador: "Amaos unos a otros"; y "Una tierna y filial devoción a nuestra buena Madre os anime en todo tiempo y circunstancia. Hacedla amar por doquiera cuanto os sea posible".

Jesús, María y José se hallan en el centro de su corazón y de su plegaria. El sábado, 6 de junio de 1840, vigilia de Pentecostés, poco antes del amanecer, Marcelino entrega su alma a Dios a la edad de 51 años. La realidad que deja es pletórica, pero su proyecto es aún más ambicioso: "Todas las diócesis del mundo entran en nuestras miras". Hoy casi 5.000 hermanos maristas y numerosos seglares hacen presente el carisma de Marcelino en 75 países.
El día 29 de mayo de 1955, Marcelino ocupa la gloria de Bernini, en el acto de su beatificación, bajo el Pontificado de Pío XII y el 18 de abril de 1999, Champagnat es canonizado por el papa Juan Pablo II. Este Papa, el 20 de setiembre del 2000, año del Gran Jubileo, bendice la escultura de san Marcelino Champagnat que entra a formar parte de los santos fundadores de Órdenes religiosas, representados en la Basílica de San Pedro.

 

Fé y amor esculpidos para siempre

 

Rasgos de san Marcelino en la escultura de Deredia

 

ImageLa escultura refleja la fortaleza y la decisión de Marcelino, que lleva sobre sus hombros el peso de la infancia con ternura y delicadeza. Estas actitudes antropológicas suyas adquieren toda su dimensión cristiana por la fuerza de la cruz que sostiene con su mano izquierda. Los niños, especialmente los pobres y marginados, precisan una relación educativa que les proporcione seguridad y amor. Así lo entendió Marcelino y así lo irradia la estatua, con reminiscencias de la imagen del Buen Pastor. El juego de pies y manos traducen la urdimbre afectiva, que es el terreno abonado para recibir la Palabra de Dios y la acción educativa.

El niño sobre los hombros se apoya en la cabeza del Santo adquiriendo una perspectiva superior para ver la vida y su pie descansa seguro en la mano derecha de Marcelino. A su vez, la figura inferior del grupo escultórico se apoya en el pie de Champagnat, como referencia personal, al tiempo que el libro abierto apunta a las oportunidades educativas de que goza y su mirada va configurando una manera propia de ver la vida. La humildad y la sencillez de Marcelino se expresan a través del mensaje de la estatua. No hay sobrecarga de elementos sino trazos esenciales. La escultura permite atisbar el misterio más sublime de la fe cristiana al representar la unidad del amor en la trinidad de personas. Todo lo demás es accidental. La obra no puede ser diversa. Describe en cada signo el retrato del personaje y cada volumen armoniza con el conjunto. La luz resbala suave y cándida sobre los vestidos sin alterar aquella unidad can el universo que Miguel Ángel y Marcelino soñaron.

--------------------------------------------------------------------------------

Bibliografía / Bibliography

M. CHAMPAGNAT, Cartas, Luis Vives, Zaragoza 1996; J.B. FURET, Vida de José B. Marcelino Champagnat. Luis Vives, Zaragoza 1990; H. SILVESTRE, CRÓNICAS MARISTAS IV, Memorias, Luis Vives, Zaragoza 1990; S. SAMMON, San Marcelino Champagnat. Vida y misión, Instituto de Hermanos Maristas, Roma 1999; R, MASSON, Marcelino Champagnat, las paradojas de Dios, Luis Vives, Zaragoza 2000; ESCORIHUELA, MORAL, SERRA, El educador marista. Luis Vives, Zaragoza 1983; G. MICHEL, Champagnat, Ed. Salesiana, Asunción 1994; V. DEL POZO, Yo y la revolución, Ed. Barath, Madrid 1985; F. ANDRES, Padre de hermanos, Luis Vives, Zaragoza, 1990; INSTITUTO MARISTA, Misión Educativa Marista. Un proyecto para hoy, Edelvives, Madrid 1999; P. ZIND-A. CARAZO, Tras las huellas de Marcelino Champagnat, Provincia Marista, Chile 1999; M. A. DORADO, El pensamiento educativo de la Institución marista, Ed. Nau llibres, Valencia 1984.

Autor : Hermano Lluís Serra Llansana

Fuente : www.champagnat.org

 

Fotografías del Recuerdo

hist16.jpg

Nuestros Fieles Colaboradores

Aconcagua Centro Clinico 2.jpg